viernes, 13 de abril de 2007

Portilla de Ibda. Evolución histórica de una fortaleza fronteriza durante los conflictos navarro-castellanos de los siglos XI y XII

COMUNICACIÓN REALIZADA EN LAS JORNADAS CONGRESUALES:
"MICAELA PORTILLA. IN MEMORIAM"
Celebradas en Febrero de 2007 en Vitoria-Gasteiz
y organizadas por Eusko Ikaskuntza yla Real Sociedad Bascongada de Amigos del País

El Castillo de Portilla constituye uno de los ejemplos mejor conservados y de mayor monumentalidad de hábitat medieval fortificado en el Territorio Histórico de Álava. En realidad, y a pesar de lo que su nombre indica, el yacimiento no es solamente un castillo, puesto que incluye además un amplio poblado amurallado situado a sus pies; ni presenta una cronología únicamente medieval, porque los restos del medioevo se superponen a evidencias de ocupaciones anteriores, desde el Bronce Final y la Primera Edad del Hierro hasta la época Tardorromana, que superan ampliamente el espacio cercado medieval.

La comunicación presentada tiene por objetivo dar a conocer la importancia histórica de este yacimiento, especialmente durante la Edad Media, cuando Portilla de Ibda jugó un relevante papel en los conflictos fronterizos que durante los siglos XI y XII enfrentaron a los reinos de Castilla y Navarra por el control del territorio alavés. En este sentido se debe destacar su emplazamiento estratégico controlando los accesos que desde la Cuenca de Miranda se dirigen al interior de Álava por el valle del río Ayuda, de que toma su sobrenombre.
Por su importancia histórica y por la espectacularidad de sus ruinas, en las que se combinan a la perfección la arquitectura militar —murallas y torreones— y la geología —espectaculares estratos de piedra caliza completamente verticales—, se conservan interesantes descripciones del conjunto monumental de Portilla desde finales del siglo XVIII. A esta época corresponde precisamente, el relato más interesante de todos, recopilado por el cartógrafo Tomás López de un informante anónimo como parte de los datos con los que componer su nunca concluido diccionario enciclopédico. A lo largo de más de treinta páginas se describen con detalle las ruinas y se dan interesantes detalles sobre su pasado. De esa misma época son los relatos bastante más breves de J. J. Landazuri y el de la Real Academia de la Historia, a los que siguen otros similares durante el siglo XIX, a excepción de una visita al lugar realizada por Remigio Salomón en 1857, que será la última descripción hasta la redactada por Vicente Vera, a comienzos del siglo XX, para la Geografía General del País Vasco-Navarro de Carreras Candi, que incluye ya las primeras fotografías del castillo y de las murallas.
Después de estas descripciones se realiza un repaso a las intervenciones arqueológicas desarrolladas en el yacimiento: desde las primeras investigaciones arqueológicas (Deogracias Estavillo, en las décadas de 1940 y 1950, y de forma más puntual Armando Llanos, en 1975) que tuvieron como objetivo preferente la fase de ocupación protohistórica del mismo; hasta nuestra intervención, desarrollada entre los años 1991 y 1995, que se centró preferentemente en el hábitat medieval. En este último caso, el objetivo fundamental era la determinación de la secuencia cultural de ocupación y la funcionalidad de los diferentes ámbitos existentes en el yacimiento, así como conocer de forma somera sus características particulares. Además, se intentó delimitar el espacio de ocupación extramuros, para definir claramente los límites físicos del conjunto del yacimiento.
De esta forma se han podido comprobar tres grandes momentos de ocupación sin aparente continuidad entre ellos, con una distribución espacial específica:
— El hábitat protohistórico, que se extiende tanto por la parte más alta del poblado fortificado como por las terrazas situadas a extramuros en el lado oeste.
— Una fase de ocupación tardorromana que se concentra en las terrazas naturales que se desarrollan al sur del peñasco sobre el que se asienta el castillo.
— El período medieval, con referencias escritas desde el año 1040, que constituye la época de mayor actividad arquitectónica, con una organización espacial bastante definida:
· El castillo roquero, de planta alargada y estrecha, con una torre cuadrangular central, aljibe y torreones circulares con saeteras en los extremos.
· Las murallas, reforzadas con torreones semicirculares en el lado oeste, el de mayor longitud, que en combinación con los estratos calizos verticales, cierra por completo el poblado.
· La iglesia, junto a la cual se conserva una necrópolis de lajas, según modelos típicos de la época.
· Las terrazas de la ladera este intramuros, donde se suceden las terrazas que debieron de ser ocupadas por las viviendas.
Se ha conseguido de esta forma, conocer mejor el importante papel jugado por el castillo y poblado de Portilla como factor clave del control del territorio de la cuenca de Miranda por parte de las monarquías navarra y castellana, desde sus primeras menciones documentales, en la primera mitad del siglo XI, hasta su ocaso a comienzos del siglo XIV, acelerado por la fundación de la cercana villa de Berantevilla. Son precisamente estos aspectos los que se desarrollan en el capítulo dedicado a la contextualización histórica de Portilla de Ibda durante la Edad Media.
Destaca sobre todo, el importante papel jugado por el yacimiento como bastión fundamental de la defensa navarra frente a los intentos anexionistas castellanos de finales del siglo XII, primero como sede de una tenencia y después, muy probablemente como villa aforada, puesto que son bastantes los indicios que sugieren la existencia de un fuero, seguramente otorgado por Sancho VI de Navarra.
Sin embargo, y a pesar de su resistencia, la plaza de Portilla de Ibda pasó finalmente a manos castellanas en 1200, con lo que se inició su declive al perder su carácter fronterizo. Esta decadencia se acelerará a raíz del asalto sufrido por la villa en el año 1288, como represalia por haberse rebelado contra el rey de Castilla, Sancho IV. Estas circunstancias y la fundación a sus pies de la nueva villa de Berantevilla unos pocos años después, en 1312, junto al río Ayuda y en un espacio mucho más apto para el trabajo agrícola, explican el progresivo despoblamiento de la antigua Portilla de Ibda. Su población se trasladaría bien a su arrabal, el actual pueblo, o bien hacia la nueva villa, quedando las ruinas de sus murallas y de su iglesia como único testimonio de su pasado esplendor.
Autor:
Javier Fernández Bordegarai